
La primera la publicó en nuestro país en 1945 el hasta
entonces, y hasta hace poco, desconocido J. Salas Subirat. Ahora, en los
herméticos conventículos joyceanos al menos, el misterio ha sido enteramente
develado: circula de computadora en computadora la fascinante biografía de
Lucas Petersen: Salas Subirat. El agente de seguros que tradujo Ulises. La
minuciosa investigación de Petersen aporta todos los datos que nos faltaban,
pero no hace sino ahondar el misterio: ¿cómo un hijo de inmigrantes pobres,
cuya educación formal concluyó en el quinto grado, autodidacta y escritor menor
vinculado al grupo Boedo, vendedor de seguros a lo largo de toda su vida, sin
experiencia previa como traductor, con un manejo precario del inglés, se
atrevió a acometer la tarea que había amedrentado a los mejores escritores y
traductores de la lengua, Borges el primero?
La tentación a la que Petersen se propone no sucumbir, pero
alrededor de la cual gira hipnótica, fascinadamente, su relato, es la de ver en
Salas Subirat una réplica o avatar del protagonista de Ulises, el también
autodidacta (aunque terminó el secundario), corredor de avisos, vagamente
socialista, interesado en el mejoramiento personal, lector de libros de
divulgación, señor Bloom. Con no ser enteramente exacta, esta analogía tiene el
mérito de cristalizar en una paradójica y seductora figura: el Ulises de
Subirat es Ulysses traducido por Leopold Bloom.
Alguna vez sugerí que la traducción de Salas es la que tiene
más errores, pero también más aciertos. Baste citar un solo pasaje, aquel en el
cual Odiseo desembarca finalmente en la querida tierra de Ítaca (léase: Bloom
vuelve a la cama donde su Molly lo espera): "Besó los redondeados
sazonados amelonados cachetes de sus nalgas, deteniéndose en cada redondeado
melonoso hemisferio, en su blanco surco profundo con una oscura prolongada
provocativa melonmeloneante osculación." ¿Qué importa que Joyce haya
escrito "amarillos melones" en lugar de "amelonados cachetes",
o que su surco sea amarillo en lugar de blanco? En la prosa de Salas late el
ritmo de la de Joyce, sus palabras rezuman con el sabor y el olor del original.
Pero en tantos, demasiados otros momentos, el texto se hunde
bajo el peso de sus errores, y el de las erratas que sucesivas ediciones
descuidadas fueron multiplicando con furor casi deliberado:
"Ahogados" que se vuelven "abogados",
"impotentes" que se vuelven "imponentes", personas que no
se han visto nunca preguntándose "¿Cuándo nos volveremos a ver?",
etcétera, etcétera. Es comprensible: además de sus limitaciones personales,
Salas trabajó en una época en que el vastísimo aparato crítico accesible a
cualquier joyceano actual estaba en un estado muy rudimentario; navegaba a
ciegas y sin instrumentos: su traducción fue, valga la obviedad, una verdadera
odisea. Es por eso reconfortante que en la "Nota editorial" de la
nueva traducción argentina se honre la memoria de este pionero:
"Considerado las circunstancias en las que fue hecha, la traducción de
José Salas Subirat es una obra monumental".
Influencias
Durante décadas, generaciones de escritores y lectores
hispanohablantes accedieron a Ulises a través de la traducción de Salas.
Gracias a él, Ulises tuvo una grandísima influencia en la literatura
hispanoamericana. En España, en cambio, su versión no pesó tanto, en parte
porque llegó tarde –la censura franquista imponía ridículas restricciones, tales como
el compromiso de no prestárselo a nadie, a quien quisiera
adquirirlo, como recuerda Gonzalo Torrente Ballester– y
en parte porque los lectores españoles no podían acostumbrarse a ella: "En diversos pasajes de la obra
quise adiestrar el oído a su escucha, pero el español bonaerense no me lo permitía:
leía el texto, mas no escuchaba su música", recuerda Juan Goytisolo.
Dificultad que resulta algo sorprendente cuando comparamos,
por ejemplo, la cristalina referencia a la reina Victoria, "la vieja con
el tic que le hacía guiñar los ojos, borracha perdida en su palacio todas las
noches de Dios, la vieja Vic" de Salas, con la casi inextricable "la
vieja antiparras, amonada en el palacio real todas las noches de Dios, la vieja
Viqui" de la más reciente traducción ibérica. Pero ya se sabe: lo que los
españoles hablan es La Lengua, así sin más, y todo el resto son incomprensibles
dialectos. Por eso no le tembló la mano al traductor Eduardo Chamorro a la hora
de enmendar, para la edición de Planeta de 1996, el texto de Salas en más de un
50 por ciento, borrando sus "excesivos" porteñismos, acto que fue
calificado por nuestro Juan José Saer como "vandalismo" y
"masacre".
Parecida prepotencia lingüística campea en las dos
traducciones españolas, sobre todo en la segunda, con su inexplicable
preferencia por los términos más rebuscados de la lengua: evening (tarde,
crepúsculo) se traducirá como "lubricán" (que quiere decir
"tarde", pero suena a marca de gel íntimo), mientras que mellow
(sazonado, maduro) engendrará el recóndito y casi obsceno "serondo".
Se diferencian, además, de la de nuestro compatriota, en que fueron realizadas
no por el autodidacta Bloom sino por el erudito Stephen Dedalus, el otro
protagonista masculino de Ulises, en su versión de poeta (José María Valverde,
1976) y académica (Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas, 1999).
Faltaría, para completar el esquema de personajes, un Ulises traducido por
Molly. Ya tenemos el comienzo, o más bien el final: en los años 90 Cristina
Banegas y Laura Fryd tradujeron íntegramente el monólogo de Molly Bloom,
versión que luego fue utilizada para la inolvidable interpretación de Banegas
en Molly Bloom (2012).
Y finalmente (por ahora, como veremos) volvemos a la
Argentina y la historia se repite, no ya como tragedia o farsa sino, nuevamente
y como corresponde, como epopeya: Marcelo Zabaloy, instalador de redes de
datos, empleado en una agencia de viajes, sin experiencia previa en la
traducción literaria, leyó Ulises por primera vez en 2005 y hacia 2007 empezó a
traducir, por puro gusto y para mejor entender el original, un fragmento del
capítulo 17.
Fue el comienzo de una empresa que lo absorbería por más de
ocho años, y que concluye en la notable versión que acaba de publicarse por El
Cuenco de Plata. La historia se repite, pero con diferencias: Zabaloy se rodeó
de un equipo de expertos, comenzando por su editor, el recientemente fallecido
Edgardo Russo, a los que se sumarían los especialistas Teresa Arijón, Anne
Gatschet y Eugenio Conchez, en la traducción y revisión del texto y la
redacción de las sumamente pertinentes notas explicativas; se agrega, al final,
una tabla comparativa entre las ediciones inglesas, y una francesa,
consultadas, pensada sobre todo para los especialistas, y una lista de
personajes, útil, ésta sí, para el lector perdido en la selva joyceana. Desde
todo punto de vista, una edición cuidada y confiable.
Su publicación importa una satisfacción adicional: en el
duelo por ver quiénes son los dueños del Ulises español, que es un poco como
decir, de la lengua literaria española, ahora estamos, España y América, 2 a 2.
Pero atención: se sabe que, también en silencio y también
por puro gusto, Rolando Costa Picazo ha emprendido, y está terminando de pulir,
su propia versión, que podría ver la luz en 2016. En términos del duelo
América-España, en dos años daremos vuelta el marcador: se viene el 3 a 2. En
el plano local, es otro duelo el que se anuncia: entra al ruedo uno de los más
experimentados traductores del inglés a nuestra lengua, un académico experto en
las literaturas de lengua inglesa. Stephen Dedalus vuelve por sus fueros.
Artículo del escritor argentino Carlos Gamerro, publicado originalmente en La Nación de Buenos Aires, Junio de 2015