martes, 18 de septiembre de 2012

ULISES

Álvaro Lobo



Cada 16 de junio los escasos lectores de Ulises recuerdan algunas de  las “aventuras” de Leopoldo Bloom por las calles de Dublín y, en especial, el maravilloso monólogo de Molly Bloom. Por lo menos, este lector, recuerda ese día alguno de los episodios de la novela y dedica unos instantes a la memoria del gran irlandés James Joyce.

Ulises pasó a la historia acaso como un libro citado y poco leído. También es la novela con mayores interpretaciones y lecturas disparatadas de semiólogos, psicoanalistas y toda clase de especuladores, algunas de ellas alentadas  por el propio Joyce para burlarse de los críticos.

Ante tanta arrogancia intelectual, muchos corren despavoridos y se privan de una gran obra que solo exige un  lector atento y dispuesto a disfrutar las sucesos de un protagonista muy parecido al lector corriente. A esta conclusión se llega después de fracasar una y mil veces con las recetas propuestas por los especialistas para descifrar la novela. La literatura es para el disfrute y no para el sufrimiento humano.

El libro fue publicado originalmente en París en 1922 y en español apareció la primera traducción en 1945, realizada por un agente de seguros de la calle Corrientes de Buenos Aires: José Salas Subirat. Esta versión fue leída  por varios de los escritores que luego crearían el fenómeno del Boom latinoamericano.

En los años setenta apareció en España una nueva traducción, con la firma de José María Valverde en la editorial Tusquets. Esta versión sin duda es superior a la del argentino.

En 1999 surgió una nueva y quizá  definitiva traducción de Francisco García Tortosa, con una extraordinaria introducción. En ella nos advierte que nos olvidemos de las guías y de la crítica y entremos directamente a la obra. Ningún lector sigue esta recomendación. Aquí pretendemos invitar a los improbables lectores de esta nota a disfrutar la lectura inocente de Ulises.

Nota
En marzo de 2015 apareció en Buenos Aires otra traducción de la obra. Esta vez con la firma de Marcelo Zabaloy y la colaboración de Edgardo Russo, del sello Cuenco de plata. De nuevo se promete que esta será la traducción definitiva

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