viernes, 11 de abril de 2014

LAS BENÉVOLAS[1]



Álvaro Lobo

Vivimos bajo cielos sombríos, y hay pocos seres humanos. Por eso probablemente haya tan pocos poemas. La esperanza que aún tengo no es grande; intento mantener lo que me ha quedado.
Paul Celan[2]

Las Benévolas  es el título de la novela de Jonathan Littell, escritor norteamericano de formación francesa, escrita en francés y publicada en París en el año 2006. Obtuvo ese año  el gran premio de novela de la Academia Francesa y el premio Goncourt. Dos de los más significativos reconocimientos literarios en ese país.

Littell nos lleva a los  horrores de la Segunda Guerra Mundial, vistos desde la perspectiva de los verdugos. Su personaje central, Maximilien Aue, doctor en derecho y oficial de las SS, narra la historia treinta años después de los sucesos, en su tranquilo y seguro retiro en Francia. Su frialdad y el desparpajo  para describir los terribles hechos de la guerra y de su vida pretenden, aparentemente,  mostrar el carácter inevitable de las circunstancias de su vida que lo llevaron a participar  en la guerra.

 El  título evoca de manera sutil la tragedia Euménides de Esquilo.  Euménides — benévolas—,  en el mito griego, es la manera indirecta de  llamar a las  Erinias—las innombrables porque pronunciar su verdadero  nombre desencadena  su ira—, diosas de la justicia que castigan grandes crímenes y persiguen a Orestes—hermano de Electra— por haber dado muerte  a su madre Clitemnestra, quien a su vez había matado a su esposo Agamenón y éste a su propia hija Ifigenia[3]. A lo largo de la narración sobre los avatares de la guerra, la vida  de Maximilien Aue discurre en otro  plano.  Su historia se ajusta a un patrón heroico, similar al del  mito de Orestes.

Esta novela, como toda gran obra, es compleja. Lo que creemos entender en un principio, la defensa de la causa nacionalsocialista,  quizá sea una ironía para mostrarnos el tamaño de la crueldad de los crímenes cometidos y el consenso logrado entre el pueblo alemán  en torno a la necesidad  de la conquista de Europa para ampliar  el espacio vital de la patria germana y la persecución y el exterminio de los judíos y demás minorías étnicas.

La formidable cultura, la tradición artística y científica del pueblo alemán no impidieron  que la guerra adquiriera un carácter criminal, con  total desprecio por los Acuerdos de Ginebra sobre el trato humanitario a las poblaciones y a los  militares que deponían las armas en los países  ocupados. Siniestros personajes de la Wehrmacht y las SS,  como Eischman, Himler, Rosemberg,  etc., al igual que  anónimos ciudadanos son presentados como meras piezas, cuyas voluntades estaban determinadas por la compleja maquinaria de destrucción  que fue el nacionalsocialismo. Su ideología reforzaba la idea de que  el país había sido humillado en el tratado de Versalles y la guerra era su consecuencia lógica y una necesidad para asegurar, al  costo que fuese,  mil años del  Tercer Reich.

Los líderes alemanes sobrevivientes pretendieron hacer creer al mundo que personalmente no eran responsables, pues toda la dinámica de la guerra era inevitable y obedecía a un sistema complejo de tensiones entre las naciones europeas. Si había alguna  responsabilidad, correspondía a todos,  que era la manera de soslayar las culpas. Según ellos, el oficial que dirigía los convoyes hacia el este, el hombre que movía las agujas de los trenes, quienes los conducían hacia los campos en Polonia, los soldados que  custodiaban el ingreso a los hornos y los  operarios  que maniobraban las palancas  para gasear a los prisioneros compartían igual responsabilidad, el trabajo de cada uno de ellos era indispensable para la solución final. La guerra desatada se imponía a la voluntad individual. Aue, en su reflexión posterior, intenta convencerse de que su conducta y la de sus camaradas  estaban determinadas por la dinámica de la guerra y que no eran una simple obediencia ciega a un régimen dictatorial. En todo caso, se decía entre la oficialidad, los jefes le debían a Alemania el sacrificio de sus dudas.

En la narración de Littell  quedan claros, aunque de forma sinuosa, el oportunismo y la cobardía de los mandos que promovieron el carácter criminal de su empresa. Aún, en el momento en que era evidente el final por el avance de los Aliados en el Frente Occidental y el indetenible paso de Zhúkov en el Frente Oriental,  los oficiales se resistían a aceptar el estado de cosas y persistían  en la gran causa del Reich. Quizá el autor quiera mostrarnos esta conducta irracional para ilustrar  el poder hipnótico del delirio  hitleriano.

La lectura de Las Benévolas  es una experiencia extraña. Por una parte, disfrutamos de un lenguaje poético y de la maestría del autor para penetrar en la naturaleza humana y su gran erudición sobre el conocimiento de  los pueblos que la expansión alemana iba  arrasando en el este. Su despliegue es sobresaliente, en especial  cuando se refiere a los pueblos del Cáucaso. La trama nos arrastra de forma incontenible desde el principio hasta el final. Percibimos, como el protagonista, el sentido del relato y las casi mil páginas del libro son devoradas rápidamente. Por otra parte, resulta  perturbadora  la participación directa de Aue en los crímenes y la serena descripción que hace de las atrocidades de la guerra, en particular de las masacres de la población judía, como si se tratara de  la inocente narración que haría un taxidermista de la muerte de una colonia de hormigas.

Mas esta novela tiene muchos méritos literarios. Dibuja un inmenso fresco de la guerra. Vemos como los seres humanos actúan cuando desaparecen los diques  morales  que mantienen organizadas las sociedades. Usualmente las novelas que tratan este tema lo hacen desde el lado de los vencedores. En este caso el protagonista es un oficial de las SS, convencido de la validez  de su causa. El autor consigue  que nos identifiquemos  con este hombre y allí surgen los mayores dilemas éticos que hemos de  enfrentar.

Si las guerras que devastan a los pueblos son llevadas a la literatura, si ingresan al relato, acaso los complejos y misteriosos caminos de la creación artística nos ayuden a ver de una mejor manera nuestra existencia, a percibir en un destello cuál es el significado  de nuestra vida. Cuando las luchas endémicas que lentamente destruyen a Colombia —220.000 mil muertos en los últimos cincuenta años— sean expresadas en la literatura, al igual que lo hace Littell en Las Benévolas con la historia de Alemania en la guerra,  tendremos una mirada más serena para intentar descifrar lo que se anida en nuestros corazones y soñar algún día en desmontar la máquina de matar colombianos a una media de 15 mil al año.

Las Benévolas  apareció en el momento en que fue publicada otra novela con un tema similar, Vida y destino de Vasili Grossman. Esta narra la historia de la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista ruso. En muchos aspectos por supuesto se presenta una coincidencia  en la narración de hechos históricos, como por ejemplo el sitio de Stalingrado.  Los críticos han caído en la tentación de comparar estas novelas con  Guerra y Paz de Tolstoi. Su propósito ha sido seguramente resaltar su alta calidad que las hace sobresalir en medio de la vastedad de obras publicadas. En el caso de la novela que aquí comentamos, su valor es sin duda digno de encomio. Sin embargo, como dijo Anrés Hax “León Tolstoi  —o en todo caso su obra, ya que murió en 1910, con 82 años de edad— es como un enorme bosque. Se puede delimitar su circunferencia, se podrían contar todos los árboles que contiene y decir qué tan altos son, se podría hacer un censo completo de su flora y fauna; pero aun así, describiendo su materialidad exhaustivamente, el bosque seguiría siendo infinito.”[4]






[1] Título original Les Bienvillantes
2006.
Edición en español, RBA Libros. S.A.
Octubre de 2007.
[2] Carta de Paul Celan a Hans Bender. Paris 18 de mayo 1960
[3] Euménides  junto a Agamenón y  Las coéforas conforman la Orestiada de Esquilo
[4] Andrés Hax, Vida y Obra: León Tolostoi. Revista Ñ, Marzo, 2014.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...